Las preguntas que llegan
cuando la casa se queda en silencio

Querida familia:

Por fin.
La casa está en silencio.
Los niños duermen.

Quizá queda algún juguete en el suelo.
Una mochila sin recoger.
La cocina esperando para mañana.

Pero por unos minutos todo se ha detenido.

Y quizá es un buen momento
para preperarte un té.
Lo sujetas entre las manos mientras
todavía repasas mentalmente todo
lo que ha ocurrido durante el día.

Y entonces empiezan a aparecer.
Las preguntas

¿Lo he hecho bien?
¿He sido demasiado dura?
¿Por qué le he hablado así?
¿Tendría que haber reaccionado
de otra manera?

A veces incluso aparece algo más difícil.
La culpa.

Ese pensamiento que nos acompaña un rato
más de la cuenta y nos hace sentir que quizá
no estamos haciéndolo tan bien como deberíamos.

Tener dudas no disminuye tu capacidad
para amar y cuidar a tus hijos.

Significa, precisamente, que te importa.

Que miras. Que te preguntas.
Que quieres hacerlo bien.

Y eso no quiere decir que tengamos que
justificarlo todo.

Porque sí, habrá días en los que nos equivoquemos.

Días en los que nuestro cansancio hable más alto que nuestra paciencia.
Momentos en los que reaccionemos antes de comprender.

Palabras que, después, nos habría gustado
decir de otra manera.

Nosotros también estamos aprendiendo.

Y quizá una de las cosas más bonitas que podemos
enseñar a nuestros hijos es precisamente esa:
que los adultos también nos equivocamos.

Pero podemos volver.
Podemos acercarnos a ellos después.
Podemos decir:

"Antes estaba muy enfadado/a y te he hablado
de una manera que no me ha gustado"

Podemos pedir perdón.
Podemos abrazar.

Podemos reparar.

Y enseñarles que querer mucho a alguien
no significa hacerlo todo perfectamente.
Significa también ser capaces de reconocer
cuando algo no salió como nos habría gustado.

Porque nuestros hijos no necesitan adultos perfectos.
Necesitan adultos que estén dispuestos a mirar
lo que ha pasado.

A aprender. A volver.
A intentarlo de nuevo.

Así que, si esta noche estás haciendo
balance del día mientras tu té se enfría
un poco entre tus manos, intenta no quedarte
solo con aquello que crees que hiciste mal.

Recuerda también:

La vez que le hiciste reir.
El abrazo que le diste.
La paciencia que sí tuviste.
La comida que preparaste.
La historia que leiste.

Las pequeñas cosas que quizá no parecen
importantes, pero que para ellos forman
parte de su día.


Y mañana tendrás otra oportunidad.
No para hacerlo perfecto.
Sino para seguir aprendiendo juntos.

Esta noche, antes de irte a dormir,
intenta dejar un poco de espacio para la calma.
Lo estás haciendo mientras aprendes.

Y eso también es acompañar.

Con una mirada cercana,

Nieves
La mirada de una maestra.