Los hermanos se quieren
a su manera

El otro día estaba en una librería.
Había una madre con sus dos hijos.

Y durante el rato que estuve allí, no dejaron de molestarse.

Que si uno quería el libro que tenía el otro.
Que si uno tocaba algo y el otro también.

Que si “mamá, mira lo que hace”.
Que si “ha sido él”.
Que si “yo lo tenía primero”.
Una pequeña batalla detrás de otra.

Y mientras los niños seguían a lo suyo,
yo miraba a aquella madre.

Estaba incómoda. Angustiada. Cansada.

Como si cada uno de aquellos pequeños enfrentamientos fuera una prueba de que algo no estaba funcionando bien.

Y pensé:

¿Cuántas familias estarán viviendo esto en casa y pensando que sus hijos no se llevan bien?

¿Cuántas madres y padres estarán agotados de escuchar:
- ¡Mamá, me está molestando!
- ¡Papá, dile que pare!
- ¡Lo quiere todo!
- ¡Siempre hace lo mismo!
- ¡Es que no me deja tranquilo!

Y cuántas veces, detrás de todo eso, habrá una familia preguntándose:

“¿Por qué se pelean tanto si se quieren?”
Quizá porque precisamente son hermanos.

Yo soy la segunda de cuatro hermanos.
Y recuerdo aquellas escenas.

Recuerdo chinchar.
Recuerdo querer lo que tenía el otro.
Recuerdo buscar la atención de mi madre.
Recuerdo esas pequeñas provocaciones,
que en muchas ocasiones me hacían sonreir.

Pero que no siempre eran tan divertidas.
Sobre todo para mis padres.

Y mucho menos para mi madre, que tenía que escuchar unas veces a uno, otras al otro, intervenir, separar, poner límites,
intentar repartir justamente aquello que todos queríamos al mismo tiempo...

Me imagino que más de una vez pensaría:

«¿Pero es que no podéis estar un rato tranquilos?»

Y, sin embargo, allí estábamos.
Cuatro hermanos creciendo juntos.
Aprendiendo a compartir, a esperar,
a discutir, a defender nuestro espacio, a enfadarnos y a volver.
Aprendiendo, sin saberlo, a querernos.

Porque hoy, cuando miro a mis hermanos,
veo a tres personas que son imprescindibles en mi vida.

Están en mis días buenos y en los que no lo son tanto.
En las alegrías que celebramos juntos y en esos momentos en los que simplemente necesitamos saber que el otro está ahí.
Son parte de mi historia, de mis recuerdos,
de quien soy.

Y sé que, si alguna vez necesito reír, celebrar, llorar, contar algo importante o simplemente sentirme acompañada, mis hermanos están.

No porque nunca hayamos discutido.
No porque siempre hayamos estado de acuerdo.
No porque nuestra relación haya sido perfecta.

Sino porque hemos crecido juntos.

Y quizá eso sea también lo que estamos construyendo cuando nuestros hijos se chinchan, compiten por el mismo juguete o parecen necesitar nuestra atención al mismo tiempo.

Una historia compartida.
Una historia que ahora mismo puede estar llena de:
- ¡Mamá, me está molestando!
- ¡Papá, dile que pare!
- ¡Lo tenía yo!
-¡Siempre hace lo mismo!

Y que, muchos años después, quizá esté llena de:
- ¿Te acuerdas de aquello?
Y de una risa.

Creo que a veces esperamos demasiado de las
relaciones entre hermanos.

Esperamos que se quieran. Que compartan.
Que se ayuden. Que se defiendan.

Y, al mismo tiempo, esperamos que no se peleen.
Que no se provoquen. Que no compitan.
Que no quieran exactamente el mismo juguete.
Que no reclamen nuestra atención cuando estamos hablando con el otro.

Pero los hermanos también están aprendiendo a convivir.

Y convivir con alguien significa, muchas veces, tener que aprender a encontrar tu sitio.

Y hay algo más.

A veces un niño molesta a su hermano porque quiere jugar.
O porque quiere entrar en su juego.
O porque quiere llamar su atención.
O porque necesita sentirse visto.
O simplemente porque ha descubierto que hay una manera infalible de conseguir que su hermano reaccione.

Y entonces lo vuelve a hacer. Y otra vez.
Y otra.

Y nosotros, desde fuera, solo vemos:

“Otra vez están igual.”

Pero ellos quizá están aprendiendo algo.
Aún no saben hacerlo de otra manera

Eso no significa que tengamos que dejar
que se hagan daño. Claro que no.
Hay límites que necesitan estar.

No todo vale porque sean hermanos.

Podemos enseñarles a no pegar, a no insultar,
a respetar las cosas del otro, a pedir en lugar de arrebatar,
a reparar cuando han hecho daño.

Pero quizá no necesitamos intervenir en
cada pequeño roce.
Quizá podemos dejar que algunas cosas las resuelvan ellos.

Aunque nos incomode. Aunque tarden.
Aunque al principio no sepan hacerlo demasiado bien.

Porque también necesitan aprender a negociar sin nosotros.

A enfadarse y volver. A decir “no me gusta”.
A pedir perdón. A defenderse. A ceder.
A esperar.
A descubrir que el otro también tiene un lugar.

Así que, si últimamente en tu casa escuchas demasiados:

“¡Mamá!” “¡Papá!” “¡Ha sido él!” “¡Lo quiero!”
“¡Me está molestando!”

Y sientes que ya no puedes más... Respira.

Quizá no tengas que arreglar su relación.
Quizá solo tengas que acompañarlos mientras aprenden a construirla.

Porque los hermanos no necesitan llevarse bien todo el tiempo para quererse.

Pueden enfadarse. Pueden competir.
Pueden chincharse. Pueden necesitarte
de maneras diferentes.

Y también pueden quererse muchísimo.
Todo eso puede convivir.

Y quizá, cuando dentro de muchos años mires atrás, aquella etapa que hoy te resulta tan agotadora sea también una de esas historias que recuerdes con una sonrisa.

Como me ocurre a mí cuando pienso en aquellos cuatro hermanos que fuimos.

Y, sobre todo, en aquella madre que tantas veces tuvo que respirar hondo.

No estás haciendo nada mal porque tus hijos se peleen.

Están aprendiendo a ser hermanos.

Y tú también estás aprendiendo a acompañarlos.

Sin necesitar que todo sea perfecto.
Sin tener que conseguir que se quieran de una determinada manera.

Solo estando ahí. Poniendo límites cuando haga falta.
Dejándoles espacio cuando puedan.

Y recordando, de vez en cuando, que detrás de esas pequeñas guerras también está creciendo una historia compartida.

Quizá hoy, cuando por fin se hayan dormido, puedas preparar un té.

Sentarte un momento.

Y pensar:
“Han vuelto a discutir.
Han vuelto a buscarme.
Han vuelto a necesitarme.
Y mañana volverán a ser hermanos.”

Y quizá eso sea suficiente.

Con una mirada cercana.
Nieves